lunes, 27 de junio de 2016

Manuela Carmena, Gildo y el nombre de las calles de Madrid (I)


Plaza de la Remonta, Madrid.







Uno de los episodios más polémicos para la alcaldía de Manuela Carmena coincide con una nueva revisión del nombre de las calles de Madrid,  donde se busca un cambio de nombre de aquellas relacionadas con el período franquista

Pareciera que el equipo municipal se ha mostrado dividido entre los que propugnaban un cambio inmediato de los nombres asociados a aquellos tiempos predemocráticos y aquellos que piden una mayor reflexión para equilibrar los cambios de nombre con la preservación de los hechos históricos. 

La alcaldesa Manuela Carmena parece encontrarse entre estos últimos.

La oposición conservadora se muestra contraria a estos cambios por considerarlo una necesidad inexistente para los madrileños.

Sin embargo, pareciera que detrás de los argumentarios se vislumbrara las dos Españas, aquellas de los ganadores y los perdedores, en donde los últimos quisieran el olvido de la pérdida y los primeros el mantener la victoria en el tiempo.

Gildo nació en Vega de Pas, en el seno una familia numerosa que le obligó desde muy niño a desempeñar el trabajo de adulto. Con los años acabaría en Madrid, casado con Basilisa, también pasiega, y abriendo una vaquería y un despacho de leche en el barrio de Tetúan, como muchos otros pasiegos. El despacho de leche se inaguró en la calle Bravo Murillo y la vaquería en la calle Ulpiana Benito, nombre que se correspondía con el dueño del terreno donde se trazó la calle. La guerra civil de 1936 estalló al poco tiempo y padre de 3 hijos pequeños, los envió a Vega de Pas con la abuela para que pasaran allí esos años difíciles. El pequeño de los hermanos es mi padre.

Yo pasé parte de mi infancia viendo vacas en Madrid con mi padre trabajando en la vaquería. Años más tarde, la prohibición de la venta directa de leche justificó el cierre de la vaquería y mientras mi abuelo permaneció con su despacho de leche, ya con la venta de marcas comerciales, mi padre y su hermano cambiaron de profesión.

En aquellos años mi padre compró un piso en una pequeña calle sin salida que limitaba al fondo con un cuartel militar de Remonta y era perpendicular a la calle Bravo Murillo. La calle tenía el nombre de Capitán Fernández Silvestre y el espacio del cuartel era compartido con un cuerpo de Caballería de la Policía Armada, que tenía su entrada por la calle Capitán Blanco Argibay.  

El capìtán Fernández Silvestre fue un militar en la guerra colonial de Cuba, donde según las crónicas históricas demostró un extraordinario valor tras ser herido en varias ocasiones. España perdió Cuba y Fernández Silvestre volvió a España con el grado de capitán y más tarde con el reconocimiento de una calle en Madrid. Su labor fue contemplada como meritoria para las autoridades españolas y seguramente como un demérito para los cubanos.

En aquella calle viví mis años de instituto previos a mis años de estudios en la Complutense. Fueron tiempos intensos, debajo de casa había una cafetería con restaurante que era frecuentada tanto por el personal sanitario de un ambulatorio en Bravo Murillo, como por militares y policías del cuartel.  

Eran tiempo convulsos en la Complutense y en algunas ocasiones fui un espectador privilegiado de lo que iba a suceder en el campus de Moncloa. En ocasiones entraba un grupo numeroso de policías a la cafetería, pedían una copa de Soberano o Veterano, no hablaban, y marchaban después de haber tomado dos o tres copas cada uno. Al poco tiempo se abría el portalón del cuartel militar y salían 30 ó 40 jinetes, con cascos, botas altas con espuelas y unas defensas de gran longitud sujetas a la silla de montar. Marchaban en fila y de dos en dos. El ruido de los cascos de los caballos sobre los adoquines de Bravo Murillo era inconfundible.

A las horas se escuchaba el mismo ruido de los cascos de los caballos ya de vuelta al cuartel. Y se podía ver claramente lo que había sucedido en el campus de Moncloa. Los caballos llegaban excitados, sudorosos, con espuma blanca en la boca y los jinetes tenían que hacer esfuerzos con las riendas para mantener la formación. En ocasiones las filas se percibían de tres en tres. El puesto del medio quedaba reservado para los contusionados, los otros dos jinetes, uno a cada lado, sujetaban al compañero para ayudarle a llegar al cuartel. En el caso más extremo la formación se cerraba con jinetes que sujetaban las riendas de otros caballos con la silla de montar vacía.

Después, venían las sirenas de las ambulancias, el pitido mantenido en coches particulares que sacando un pañuelo blanco por la ventanilla trataban de llegar lo más rápido posible al Hospital Universitario de la Paz. 

El sonido de las sirenas de los furgones policiales era diferente, luces azules, vehículos de color gris, autobuses con todas las ventanas enrejadas. Muchos estudiantes detenidos terminaban en la comisaría de Tetuán, entonces en el edificio de la actual Junta Municipal. El “pasíllo”, los estudiantes bajaban del autobús hasta la comisaria  a través de dos filas de policías a ambos lados. Allí, en la calle, mientras llegaban a la puerta de la comisaria, muchos eran golpeados con las defensas, incluso con los puños. En las ocasiones que lo vi, nunca olvidaré la mezcla de miedo, dolor y confusión que llegue a sentir.

Todas las Nochebuenas cenábamos en la casa de Gildo, una vivienda adosada al despacho de leche en Bravo Murillo. Siempre que había protestas por la cena, Gildo no explicaba a los nietos las calamidades que había pasado y sacaba a relucir sobre la carne que comía en el norte de África, durante el servicio militar, donde según él era difícil saber cuanto había de carne y cuanto de moscas. 

Gildo hizo un servicio militar de 3 ó 4 años, no recuerdo el tiempo exacto. Las cosas se habían complicado en el norte de Africa para España y a Gildo le tocó un servicio más extenso de lo habitual.

Embarcó con otros jóvenes del norte de España en un carguero en Santander con rumbo al norte de África. Varios días de viaje en bodegas, con un chusco de pan y  una lata de sardinas como rancho único. Entre mareos y vómitos.

Gildo siempre nos recordaba la llegada a tierra firme y como un soldado que hablaba durante la formación fue reprendido por un teniente de regulares quitándole el gorro con un disparo de pistola. 

En aquellas Nochebuenas, Gildo también nos contaba como el cocinero cuando tenía que despiezar la carne en un tarugo de madera, lo hacía “a voleo”, porque entre el momento que transcurría al levantar el cuchillo y descargar un nuevo golpe, la pieza se llenaba de tantas moscas que hacía imposible ver nada de la propia carne.

Pasaron los años, dejaron de existir los “pasillos” en la comisaria y el gris de la policía empezó a tomar color. Llegó la noticia. Desmantelaban el Cuartel de la Remonta. Soldados, caballos y mulos irían a las instalaciones militares de Campamento y se hablaba de que la antigua policía armada podría ir a la Casa de Campo.

El teniente Floreal era un hombre bajito, militar sin carrera,  los ascensos los había conseguido con el paso de los años, un teniente “chusquero”. Era franquista, “odiaba a los rojos” y aunque manifestaba una aparente dureza y disciplina con los soldados, al final se comportaba más como un padre malhumorado que como un oficial. Daba clases de teórica en el cuartel y se había hecho popular explicando que la circunferencia tenía 360ºC.

Miguel trabajaba en la barra de la cafetería, era hijo de Donato, el dueño, y sabía cómo “tocarle la fibra” a Floreal. Una mañana, mientras estaba tomando café, entró el teniente y Miguel le preguntó: “usted me dirá, mi teniente”.

Floreal le respondió que quería un café y Miguel le respondió que realmente le estaba preguntando sobre si mediría 1,55 ó 1,60 cm.

Floreal le recordó, poniéndose de puntillas, que todavía tenía la cartilla militar activa y que le podía reclamar a filas en cualquier momento, entre las risas de los presentes.

Llegó el cierre del cuartel. Una tarde tomé una caña con Floreal y le acompañé andando un rato por Bravo Murillo, mientras que dejamos atrás varias estaciones de metro.

“Ya somos inútiles”, “no valemos para nada”, ¿qué ejercito quiere ya mulos y caballos?. Le miré de reojo, aquella tarde, mientras andábamos a las puertas del cine Versalles, Floreal lloró.

Gildo se había hecho mayor y enfermó de cáncer, de digestivo y en poco tiempo se posó en la cama. Estaba yo ya en la Complutense y solía estudiar en la biblioteca de la Junta Municipal, en la acera de enfrente del despacho de leche. Me pasaba a diario para afeitarle. Gildo era muy pulcro e incluso en la cama quería tener un aspecto presentable. Para ello utilizaba una vieja Philishave blanca y un Floid para después del afeitado, que a mí también me gustaba y me lo echaba de vez en cuando.

Gildo siempre se quejaba de que en el lado derecho de la cara, debajo del pómulo, le quedaba una zona sin afeitar cuando se tocaba. Le explicaba que era piel descamada y que con un poco de Nivea dejaría de tener esa sensación.

Pero Gildo adelgazó, sus rasgos se perfilaron y cada vez era más difícil con la vieja máquina de afeitar conseguir un rasurado aceptable.

Un día, con Gildo ya medicado para los dolores y haciendo un repaso de la vida, me miró y llorando me dijo: “No sé cuantos hombres he matado en mi vida”.

Entonces habló de Africa, ya no de la carne que comió,  ni del barco, ni del desembarco con el oficial de regulares. Me habló del servicio con un pequeño cañón de campaña, con los oficiales mandando hacer fuego sobre los propios legionarios para contener el ataque de los moros. Me habló de las lágrimas de otro compañero de Santander mientras recargaban el arma entre disparos.

El compañero fue herido más tarde por un disparo en un brazo y Gildo me dijo: ¡Un tiro en el brazo!, ¡qué suerte!, ¡pudo salir de allí por un tiro en el brazo!

Entre el 22 de julio y el 9 de agosto de 1921, 10.000 “soldaditos de España” cayeron muertos en el norte de Africa. Con los oficiales huidos, muchos fueron asesinados, heridos y prisioneros, soldados sin ninguna experiencia militar fueron degollados,  muchos con los órganos genitales en la boca después del degollamiento y otros antes del momento.

El responsable de aquellos acontecimientos fue el general Manuel Fernández Silvestre, que DESOBEDECIENDO la órdenes del General Dámaso Berenguer, hizo una penetración ambiciosa en territorio hostil. 

Gildo murió y yo cada día volvía a casa mirando el nombre de mi calle: Capitán Fernández Silvestre. Y muchos días lo pensé. ¿Qué le llevó a aquel hombre a desobedecer las órdenes y protagonizar aquellos hechos? ¿El convencimiento del éxito, el arrojo que había demostrado en Cuba, la ambición profesional? Sólo él lo sabría.

El antiguo cuartel se convertiría en la mayor plaza porticada de Madrid, por delante de la Plaza Mayor, y pasaría a llamarse la Plaza de la Remonta y la antigua calle cortada dejaría de tener el nombre del militar. Se llamaría Pasaje de la Remonta.

Un día llegando a casa, vi que los operarios del Ayuntamiento ya habían cambiado el nombre de la calle, sentí satisfacción por ver retirado el nombre de un militar que el franquismo había reclamado por sus méritos en Cuba mientras que  callaba los hechos oscuros en Annual.

Me sentí satisfecho. Un nombre tan anodino como Pasaje de la Remonta me dio aparentemente tranquilidad. Pero, a los pocos días, lo pensé, si desaparecía Fernández Silvestre, ¿Quién se acordaría de Gildo? ¿De los 10.000 españolitos? ¿De lo qué sintieron soldaditos de 19 años cuando esperaban su turno para ser degollados mientras ya lo estaban siendo otros camaradas?

Entonces, lloré.

Tanto Manuela como Gildo han sufrido la experiencia de ver morir gente querida de forma violenta en su juventud. Esa situación crea un bagaje en la vida que seguramente sea intransferible. 

Madrid podría tener calles como New York, reconocibles con números, como la 54 o la cuarta avenida, pero la tiene con nombres y hechos, con historia. Cada nombre, puede llevar méritos o deméritos detrás. Es el derecho de los ciudadanos el tomar opinión sobre ellos y la misión de las autoridades, el preservar, dentro de la mayor objetividad posible, el relato de los acontecimientos.

Al fin y al cabo, un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.






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