jueves, 13 de agosto de 2015

La fracturación de la pizarra: una crónica del desamor


Chet Baker (1929-1988)




Coincidió con la parada del blog para reordenar la información. Me ofrecieron la ocasión de viajar unos días a Noruega. No lo conocía. Un país referenciado por la más alta calidad de vida, con la renta per cápita más alta del mundo junto a Luxemburgo. Un país comprometido con los derechos humanos  y reconocido como el único país que practica el “socialismo del siglo XXI”.

Conseguí un billete con KLM pero pasando por Amsterdam, tanto a la ida como a la vuelta. Un poquito más de viaje.

Habíamos quedado en Stawanger, avanzaríamos por la costa hasta Bergen y recorreríamos el interior hasta Oslo.

Preparé la maleta con ropa para practicar el senderismo y alguna marcha sobre la nieve. En Madrid hacia un calor agobiante y al llegar a Barajas no pude evitar que algunos se fijaran en mi grueso calzado de montaña que llevaba puesto para evitar el sobrepeso en el equipaje.

Aproveché para comer algo en el aeropuerto de Amsterdam mientras que esperaba la salida para Stawanger. Allí me recogíó Gema, una alicantina de un pueblo limítrofe con Murcia, que hablaba empleando los “icos”. Simpática, nerviosa, organizada, enfermera por vocación y guía por la naturaleza de profesión. Se hizo cargo del equipaje y me informó que hasta el final del día no nos juntaríamos todos. Cada uno había gestionado su billete como mejor pudo y la llegada se produciría a horas diferentes.

Aproveché para recorrer la ciudad. Al lado del puerto de encontraba el casco antiguo, con casitas bajas y calles empinadas. Había un enorme bullicio de turistas provenientes de tres enormes barcos turísticos atracados.

Al poco de empezar a andar tuve la certeza de estar en un país especialmente organizado. Me llamó la atención en una ciudad pequeña, equivalente a una de provincias en España, que en poco recorrido me encontré con dos puntos para carga de coches eléctricos. En unos de ellos recargaba un Tesla. Decían que en Madrid había un par de ellos, aunque nunca había visto ninguno de ellos. Me empezó a llamar la atención de la gran cantidad de coches eléctricos e híbridos. Todas las marcas y modelos parecían estar allí. Más tarde, en las calles de Oslo llegaría ver hasta tres Teslas aparcados en un calle de nos más de 50 metros.

A la noche nos juntamos todos y preparamos una excursión al día siguiente para subir al Preikestolem. Como era una visita de mucho “turisteo”, madrugaríamos sobre las 4:30 y Gema nos llevaría con la furgoneta dejñandonos en el aparcamiento desde donde iniciaríamos la excursión.

Antes de dormir pensé en España. Noruega era el ejemplo de explotación respetuosa de hidrocarburos en sus costas. Y allí,  en España, los del Shale Gas no paraban de poner de ejemplo a Noruega de cómo las exploraciones de fracking, bien hechas, no alterarían el turismo.

Sin duda esas afirmaciones estaban dirigidas a ser escuchadas por la gente de los pueblos de Castilla. Al fin y al cabo que tenía que ver una explotación convencional marina con una técnica en tierra de naturaleza invasiva. Lo de Noruega no era sencillo. Había dado un ejemplo al mundo de cómo organizar la explotación de hidrocarburos sin que influyera en otras actividades económicas del país. Así, su bienestar no prevenía sólo del petróleo. La paradoja es que,  suponiendo un 25% de PIB, solo gastaban un 3- 4% para inversiones en el país y el resto lo guardan en el  calcetín, en un fondo soberano que llevaba camino de igualar el volumen de la totalidad de la deuda española.

Por otra parte, Noruega y Suecia ya habían declarado la inviabilidad económica de las técnicas de exploración no convencionales.

Pensé que, tal vez en España lo primero sería comprobar cuanto tiempo aguantarían los políticos con semejante fondo soberano sin meter la mano para alguna obra innecesaria y sin que algo de dinero se escurriera entre los dedos.

La vista desde el Preikestolem era impresionate. Los fiordos noruegos tenían su fama reconocida. Hicimos bien en madrugar, a la bajada no encontramos con una auténtica oleada de turistas provenientes de los cruceros atracados. Me resultó paradójico el contraste de nuestra equipación con un par de turistas asiáticas que subían con bolso y chanclas. Cosas de la globalización.



Durante la subida nos encontramos con pequeñas tiendas de campaña en las veredas. Gente que hacia noche para iniciar la subida con la primera luz del día. La ausencia de basura y restos tirados durante la excursión y la acampada libre permitida en Noruega me venía a confirmar la exquisita educación de este pueblo.

Revisé las raquetas. Estaba nervioso. No tenía mucha experiencia en travesías por nieve y la llegada al glacial se estimada en 3-4 horas de marcha. Sin duda, mi inquietud puso vibraciones negativas en las raquetas. Al poco de iniciar la marcha, me falló la izquierda, se corría el seguro y la bota se me salió en tres o cuatro ocasiones. Al final hice un apaño y pudimos continuar. Llevábamos una hora y empezó a nevar. Al principio poco, pero los copos cada vez mayores empezaron a igualar el color de las chaquetas. Paramos y decidimos que hacer. La nieve podía dificultar la vuelta y disimular algunas grietas ahora visibles e identificadas por el guía. Decidimos volver. Como una burla, al llegar a la furgoneta se dejó ver un magnifico sol que casi invitaba a la manga corta.



Por la tarde hicimos un recorrido en piragua por un pequeño fiordo que consiguió darme un sosiego que no sentía desde hace tiempo. A ras de agua, viendo caer el agua por enormes paredones verticales, era un espectáculo impresionante.



En Bergen fuimos a comer al mercado. Había unas terrazas con fama de comer un pescado estupendo. Gema nos recomendó un sitio en especial y allí conocimos a “Juan sin miedo”. Juan es uno de esos muchos españolitos que tuvieron que hacer las maletas en busca de mejor oportunidades. Es simpático, agradable y sin duda tiene ojo con los clientes. Juan tiene una afición desmedida a la bicicleta y a los espacios abiertos. Con ella ha buscado muchas veces el miedo y todavía parece no haberlo encontrado. Juan Menéndez es asturiano, de Pravia, y el año pasado consiguió ser la primera persona en llegar al Polo Sur en solitario con su bicicleta. En la Wikipedia encontraréis que necesitó de 46 días y un científico de la base antártica le fotografió después de clavar una banderita de España, la de Asturias y abrir una botella de sidra para celebrar el acontecimiento. 



Lo contaba con alegría y con el desparpajo de los veintitantos años. Daban ganas de haber estado allí, ayudándole a dar las últimas pedaladas y a poner las banderas. Consiguió encenderme un patriotismo que creía apagado después de la saturación de patrioteros de plexiglas que nos mencionan a España o sólo  a parte de ella mientras engañan a sus compatriotas y al fisco con la ayuda del país helvético.

Durante la conversación, Juan me confesó que a pesar de llevar todo estudiado al detalle, había calculado recorrido y comida para 41 días. Le pregunté que pensó cuando la comida se acababa y el polo sur  no aparecía. Pues... ¡dar pedales con más fuerza!, me contestó. Genio y figura.

Antes de dejar Bergen, busque una chaqueta para el agua. Después de comparar en varias tiendas me decidí por una en la que la calidad me pareció ajustada con el precio. El vendedor, de unos veinticinco años, era de Valencia. Otro españolito por el mundo que no disimuló la alegría de hablar con un compatriota. Tenía un contrato de tres meses, me dijo. Para la temporada turística, las empresas de cara al público solían contratar gente de distintas nacionalidades para favorecer el entendimiento con los clientes. Los trabajos más especializados exigían el nivel B de noruego y todavía lo dominaba poco, me reconoció. Intentaría encontrar trabajo en una guardería más adelante. Los noruegos se esmeraban en que sus hijos aprendieran varios idiomas desde pequeños. Me despedí y le desee suerte.

Al día siguiente, nos dirigimos a Borgund, el destino era ver a Julio, arquitecto y de Ávila. En España corren malos tiempos para los especialistas de la construcción. Le encontramos feliz, en lo laboral y en lo personal. En Borgund existe un complejo turístico que incluye una Iglesia, enteramente de madera de finales del siglo XII. Son iglesias que se erigen con la aceptación de la religión católica en Escandinavia. Su conservación se debe a un aislamiento del suelo con un apoyo en una base de piedra que permite aislar de la humedad y generar pequeñas corrientes de aire para proteger el interior. Toda de madera inclusive el tejado, era impregnada de brea, al igual que lo hacían con los barcos, para protegerla del agua.



Curiosamente, la madera incluyendo los postes principales eran de pino. Madera tenida como blanda y poco fiable en Cantabria. Julio me contó el secreto de cómo hacer el pino roble. Elegidos los arboles adecuados se le infringían cortes. El árbol sintiéndose agredido se defendía cambiando los anillos de crecimiento por el fortalecimiento. El árbol era sometido a este proceso durante unos diez años. Al cortarlo la dureza de la madera no envidiaba a la de un roble.

La iglesia contenía otro secreto, que yo buscaba y no el resto de los amigos. Lo iba buscando y allí estaba. En la pequeña antesala de entrada entre las puertas y las ventanas y el cerco exterior, estaba el suelo. Allí, estaba la pizarra, las lastras que los vikingos al igual que los pasiegos habían utilizado desde el principio de sus tiempos. Rodeando la iglesia estaba la pizarra del gas.



Al día siguiente, hicimos una excursión a dos niveles de altitud, cada uno de ellos comprendía un lago. El segundo nivel lo hicimos bajo la lluvia y con una naturaleza impresionante. La ropa técnica no aguantó y mi gore tex terminó mezclando el agua con el sudor. La bajada se hizo penosa, pero el tomar más tarde una cerveza helada mientras que compartíamos una sauna nos hizo olvidar las penas.

Al día siguiente recorríamos con la furgoneta un lago, cuándo las vi. Mantenidas, viejas, allí estaban las cabañas originales de paredes y estructura de madera y tejado de pizarra, de lastras. Tres cabañas en solitario. Poco después hablé con un noruego, dueño de un complejo turístico en el lago. Había reconstruido originalmente varias cabañas, con el tejado de lastras. Eran raras de ver, ya que con los años se habían cambiado por formatos más livianos.





Por la tarde di un paseo y me senté a orillas del lago. La pizarra estaba por todas partes, geológicamente parecía ser una zona rica en esquisto. Pensé en la pizarra, en la fracturación y en la renuncia de los noruegos a la misma por su poca viabilidad.

Mirando el soberbio paisaje comprendí que para ver la viabilidad,  los noruegos no habían mirado hacia abajo, a los cortes geológicos, habían mirado arriba y la fracturación era inviable porque ese gas nunca podría pagar el precio del amor. El amor de los noruegos a su tierra es lo que hacía inviable ese gas.

Ya volaba para España. Era el único que no tenía el vuelo directo. Acababa de despegar de Amsterdam, donde había conversado animosamente con un grupo de españoles.

Miraba por la ventanilla del avión los aerogeneradores en el mar cada vez más pequeños, por debajo de las nubes. El pasajero de delante escuchaba música y a través de los cascos se escuchaba a Chet Baker. Pensé que la fracturación también existía en las personas. Chet con el alma fracturada había dado tumbos por toda Europa para caerse o tal vez saltar desde la ventana de un hotel en Amsterdam. Al igual que la pizarra, Chet, como Parker, Billie y tantos otros parecían destinados a dar chorros de genialidad con cada fracturación que se producía en su corazón. Algo que nunca entenderemos los demás mortales desde la normalidad.



Chet tuvo su placa para el recuerdo en Amsterdam. Sin embargo, las últimas paredes que le oyeron tocar fueron las del Johnny en Madrid., un par de meses antes de acercarse a aquella ventana. El Johnny también se fracturó. Murió hace poco más de un año y también con una historia triste. Bajo la tutela de las una vez existentes Cajas de Ahorros de España, murió por la codicia, por unos políticos corruptos que cada noche se acostaban pensando que no habían tomado de lo ajeno lo suficiente y que intentarían poner remedio al día siguiente.

Miré por la ventana, me deje llevar por las nubes. Tal vez estuviera equivocado. Tal vez en España nunca existieron esos políticos indeseables. Tal vez el Johnny no pudo aguantar la marcha de Chet. Tal vez se fracturó de pena. Tal vez lo hizo para que Chet no estuviera solo, para abrazarle y rodearle con sus paredes para que las notas de su trompeta se propagaran en la eternidad.

Tal vez en algún sitio, entre las nubes, hubiera un Johnny majestuoso y brillante que con la ayuda de una entrañable balada de trompeta guiaba a todos aquellos que elegían volver ser jóvenes y estudiantes para siempre.

Descendíamos, el piloto anunciaba la pronta llegada a Barajas. Dos días de calor en Madrid y de nuevo en los Valles pasiegos, en mi cabaña, bajo la pizarra del gas.

Pensé en Rajoy, en Soria y en los del gas. Pensé que con la fracturación, éstos lo más que conseguirían escribir es una historia de desamor.



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